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Palácio San Martín / Antigo Palácio Anchorena, Buenos Aires, Argentina

  • Foto do escritor: Fotografia e Nostalgia
    Fotografia e Nostalgia
  • há 1 hora
  • 10 min de leitura

Imagens do Palácio San Martín / Antigo Palácio Anchorena, Buenos Aires, Argentina

Buenos Aires - Argentina

Fotografia


Texto 1:

Encargado por Mercedes Castellanos de Anchorena al noruego Christophersen, este magnífico palacio señala uno de los hitos –así como los límites– de la École des Beaux-Arts entre nosotros. Sus exuberantes fachadas lo aceptan todo: mansardas convexas, cúpulas, chimeneas, ojos de buey, columnas y pilastras, conformando una volumetría de aliento escultórico que alcanza su clímax en el bello pabellón de herrería y vidrio del jardín de invierno que mira a Basavilbaso, cuyo lenguaje apunta ya al Art Nouveau.

Aunque prevalece una apropiada imagen de unidad, el conjunto reunía tres residencias independientes destinadas a diversos miembros de la familia, articuladas magistralmente por medio del espléndido patio de honor de planta ovalada, jerarquizado por sendas escalinatas y galerías ritmadas por columnas dóricas. Esta cour d’honneur modélica remite a la tipología del hôtel particulier francés del siglo XVIII, donde el patio organiza la composición general.

La estratificación funcional sigue, asimismo, reglas precisas ligadas tanto al uso como al juego social: depósitos y locales auxiliares en la planta baja, salones de recepción en el piano nobile, habitaciones privadas en el segundo piso y dependencias de servicio en las mansardas. La terminación exterior del edificio se resuelve mediante el revoque símil piedra –o piedra París–, que simulaba hábilmente la presencia de un material inexistente en el Río de la Plata. Los demás materiales empleados señalan la alta calidad constructiva de la obra: mármoles, estucos, boiseries, yeserías, bronces y espejos.

Parte del mobiliario procede de la prestigiosa casa parisiense Jansen, y está acompañado por tapicerías, porcelanas y esculturas, destacándose las pinturas de Marcelle Rondenay en el Salón Dorado. Mención aparte merece el acervo bibliográfico y artístico atesorado por el palacio: la biblioteca especializada en derecho e historia de las relaciones internacionales, así como importantes colecciones de arte precolombino y arte moderno; estas últimas reúnen obras de Figari, Fontana, Curatella Manes, Spilimbergo y Matta, entre otros. El edificio fue adquirido en 1936 por el Estado y destinado a la Cancillería, siendo a la fecha su sede ceremonial. Texto de Alberto Petrina.

Texto 2:

El Palacio San Martín, ubicado sobre la plaza San Martín, se destaca entre los mejores

edificios de la ciudad por su originalidad y valores arquitectónicos. Este gran exponente

de una tendencia estética que podría denominarse "clasicismo belle époque" fue

originalmente la residencia de una de las más acaudaladas ramas de la familia

Anchorena.

Construido entre 1905 y 1909, el edificio fue encomendado por Mercedes Castellanos

de Anchorena, hija de Aarón Castellanos, uno de los pioneros de la colonización agraria

y del fomento de la inmigración europea en la Argentina, y esposa de Nicolás Hugo

Anchorena, nieto de Juan Esteban Anchorena, el fundador de la dinastía argentina que

llegara de España a Buenos Aires en 1751. Mercedes -dueña de una de las fortunas

argentinas más importantes de su época- fue una personalidad fuerte y decidida

promotora de obras de caridad y religiosas a las cuales se dedicaba con gran tenacidad y

aportando fabulosas sumas de dinero. La instalación de los padres sacramentinos en la

Argentina se debió a sus gestiones, como también la construcción del seminario de Villa

Devoto o la basílica del Santísimo Sacramento -considerada una de las iglesias más

lujosas de Buenos Aires- proyectada en París por los arquitectos Coulomb y Chauvet.

Este empeño y generosidad fueron recompensados con títulos honoríficos como el de

Condesa Pontificia o el Dama de la Rosa de Oro. Mercedes Castellanos de Anchorena

tuvo once hijos, de los cuales solo cinco la sobrevivieron. De éstos, sólo tres, Aarón,

Enrique y Emilio, ocuparon con ella el palacio, originalmente previsto para que lo

habitara también su hija Amalia, casada con Juan José Blaquier y fallecida en 1907,

antes de finalizarse la construcción.

Aarón Anchorena -aficionado a la vida de salón pero también una persona de acción,

amante de los deportes-, se instaló con su madre en el ala izquierda del palacio y

continuó viviendo allí durante su matrimonio con Zelmira Paz. Enrique Anchorena -

interesado en la arboricultura, como lo demostró en el espléndido parque de su estancia

"El Boquerón" cerca de Mar del Plata- ocupó el cuerpo central del conjunto con su

esposa Hercilia Cabral Hunter. Emilio Anchorena, casado con Leonor Uriburu, ocupó el

ala derecha del edificio sobre la calle Basavilbaso. Luego fue residencia de la mayor de

sus hijas, Leonor Anchorena de Luro, activa promotora de la Sociedad de Beneficencia

y propietaria de la estancia La Azucena, que, como varias otras propiedades de la

familia, ostentaba un gran parque y un casco de notable interés arquitectónico diseñado

en este caso por Alejandro Bustillo.

La predilección de la familia Anchorena por los grandes edificios y por variadas

tendencias arquítectónicas también se extendió a otros miembros que no habitaron este

palacio. Tal fue el caso de Matilde, casada con Carlos Ortiz Basualdo y en segundas

nupcias con Pedro Verstraeten, que habitó otra imponente residencia diseñada hacia

1900 por el arquitecto belga Julio Dormal y situada al lado de la residencia de su madre

y hermanos, en el terreno limitado por las calles Basavilbaso, Arenales y Maipú. Pero

también el de Josefina Anchorena, quien mandó a construir, con la dirección artística de

su esposo, el escritor Enrique Larreta, dos de las obras cumbres de la arquitectura

neocolonial argentina: la estupenda casa del barrio de Belgrano -hoy Museo Larreta- y

el casco de la estancia Acelain.

El arquitecto responsable del diseño del Palacio Anchorena fue Alejandro

Christophersen (1866-1946), una de las principales figuras de la arquitectura argentina

del período. Formado en la Academia de Bellas Artes de Amberes, completó su

formación en el prestigioso Atelier Pascal de La École des Beaux Arts de Paris. Entre

sus obras se cuentan innumerables casas y residencias particulares, como la que alberga

el Círculo Italiano, en la calle Libertad; iglesias como Santa Rosa de Lima, sobre la

avenida Belgrano, y edificios públicos como la sede de la Bolsa de Comercio de Buenos

Aires. Christophersen, ecléctico cabal, adscribió a diversas corrientes arquitectónicas a

lo largo de su carrera. Hacia la primera década del siglo siguió el gusto dominante entre

clientes y profesionales, que preferían un estilo inspirado en la arquitectura francesa del

siglo XVIII. Esta tendencia fue verdaderamente internacional y se consagró

definitivamente a través de dos obras culminantes como el Grand Palais y el Petit Palais

construidos para la Exposición Universal de 1900 en París.

La obra cumbre de Christophersen, el Palacio Anchorena, se ubica dentro de esta

tendencia y es fruto del complejo entramado de relaciones entre París y Buenos Aires en

el campo de la arquitectura. Un análisis detallado de este gran edificio y las

circunstancias en que fue construido, así como ciertos desajustes en la resolución

definitiva respecto del planteo original, parecería señalar que el Palacio Anchorena fue

en realidad el excepcional resultado de una reelaboración de un proyecto de mayores

dimensiones originalmente diseñado en Francia. Este tipo de adaptaciones fue algo común por la época.

En el Palacio Anchorena se reconocen varias fuentes de inspiración, las más remotas

son modelos de residencias parisienses del período señalado, como el Hôtel de Condé

(J. M. Peyre, 1765). Otra referencia insoslayable es el proyecto Hôtel à Paris pour un

riche Banquier , con el cual Jean Louis Pascal, maestro de Christophersen, gana el

Grand Prix de Rome -máximo galardón de la arquitectura de la época- en 1866. A

semejanza de este último antecedente, el edificio es en realidad un conjunto de tres

residencias alrededor de un patio de honor, disposición que se completa con dos

jardines laterales y posteriores. El resultado es una obra de inusual riqueza volumétrica

y espacial, que ocupa y libera alternativamente los seis sectores equivalentes en que se

divide el terreno donde se erige. Los dos vértices que unen, a manera de bisagras, los

tres cuerpos construidos -especie de torreones rematados por sendas cúpulas- sirven

también de engarce espacial de los tres patios, a través de recintos circulares con

amplios ventanales. El vigoroso modelado del edificio no se limita solamente al planteo

general de masas y vacíos.

Las fachadas presentan un tratamiento casi escultórico en las mansardas convexas, en

las columnas y pilastras de orden compuesto que abarcan los dos pisos principales. El

patio de honor, de planta ovalada, encierra un espacio de acertadas proporciones y

lograda composición definido por una galería ritmada por columnas dóricas, escalinatas

de generoso desarrollo, frentes interiores y mansardas de líneas curvas y dos cúpulas.

La organización de los interiores del palacio responde a la habitual disposición en este

tipo de residencias. En cada pabellón de cuatro niveles, los espacios protagónicos

albergan el hall principal o la escalera de honor. La decoración de todos los ambientes

principales reflejan el alto nivel y la calidad artesanal de la construcción de la época.

Esta notable habilidad se manifiesta en los estucos e imitación de materiales nobles, en

los revestimientos de madera de paredes y pisos o en la excelente factura de la herrería

artística, rubros todos ejecutados por artesanos o firmas radicadas en la Argentina. Esta

atmósfera se veía originalmente enriquecida por el mobiliario original que los dueños

habían comprado en Francia e Inglaterra.

El inconfundible espíritu belle époque del Palacio Anchorena se ve reforzado por el

influjo art nouveau que se manifiesta más allá de aspectos decorativos o formales. Este

aporte se incorpora en variables más trascendentes de la composición, como la fluidez

de espacios y masas, las grandes puertas ventanas exteriores e interiores, las

transparencias y continuidades entre recintos, el gran uso de convexidades y

concavidades, o el aligeramiento de ciertos sectores del basamento y la mansarda a

través del uso del hierro.

El Palacio Anchorena, denominado Palacio San Martín a partir de su adquisición en

1938 para sede del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, puede ser considerado

uno de los edificios más valiosos del patrimonio arquitectónico de Buenos Aires.

No sólo es represantivo de la mejor arquitectura privada de la Belle Epoque en el nivel

internacional sino también uno de los más originales ejemplos del revival clasicista de

principios de siglo que supo integrar tradición e innovación en propuestas

incorrectamente interpretadas por la historia y por la crítica.

El Palacio San Martín es además un excelente ejemplo de la denominada arquitectura

Beaux Arts, derivada de las enseñanzas y teorías de la famosa escuela parisiense. Es

quizá la residencia más original del Clasicismo Internacional 1900. Texto de Favio Grementieri.

Texto 3:

El Palacio San Martín, también llamado Palacio Anchorena, es la sede ceremonial de la Cancillería de la República Argentina, dependiente del Ministerio de Relaciones Exteriores y está situado frente a la Plaza San Martín en el barrio de Retiro de Buenos Aires. Trecho de texto da Wikipédia.

Texto 4:

Puertas escondidas, pasillos exclusivos para las mucamas y una escalera maldita: son algunos de los secretos y de los mitos que rodean al Palacio San Martín, considerado “el pequeño Versalles” del barrio de Retiro. A partir del viernes 19 de este mes, el público podrá ingresar a escuchar conciertos o charlas de literatura a la esplendorosa construcción afrancesada que en 1905 fue levantada para ser la residencia particular de Mercedes Castellanos de Anchorena. Hoy es la sede protocolar del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, aloja importantes colecciones de arte y cuenta con visitas guiadas.

Lo primero que llama la atención de la obra es su enorme portón de hierro forjado ubicado en la entrada principal de Arenales 761, frente a Plaza San Martín. “Es de estilo monumental y remite al Arco del Triunfo, todo un símbolo del poder”, explican las guías durante la visita. No son pocos los curiosos que pasan y asoman sus narices para ver qué hay detrás. También se aprecia la entrada desde el interior, en el llamado Patio de Honor. Ahí se distinguen tres casas con entradas independientes, pero unidas por una galería a la altura del primer piso. Esta división se debe a que la viuda de Nicolás Anchorena habitó el palacio junto a algunos de sus hijos y sus respectivos núcleos familiares en diferentes casas. La obra se construyó hacia 1905 y el diseño es del arquitecto Alejandro Christophersen, quien también levantó hospitales, escuelas e incluso el Café Tortoni. Es de estilo ecléctico, típica de finales de siglo XIX y principios del XX, pero más puntualmente del academicismo francés perteneciente a la Ecole des Beaux Arts de París. Como suele suceder con este tipo de inmuebles de esa época, todo su brillo coincide con los años de preparación de las celebraciones del Centenario de la Revolución de Mayo.

Los Anchorena vivieron en su palacio muy pocos años. En la década del 30, por la crisis económica mundial y debido a que avanzaban nuevos estilos, como el art noveau o el art déco, se desprendieron de él y lo compró el Estado nacional. Vendieron parte del mobiliario y otra parte fue donada por la familia. Aún se pueden apreciar biombos, arañas, relojes y muebles ubicados en los diferentes salones comunicados a través de “puertas secretas” escondidas o camufladas con la boiserie o los empapelados. En realidad, eran utilizadas por el personal de servicio para entrar y salir cargando bandejas de las habitaciones con la mayor discreción. Estas puertas conectan con los llamados “pasillos de servidumbre”, por los cuales se desplazaba el personal con discreción.

Pero además de las puertas secretas existe una serie de mitos y anécdotas que se esconden tras los muros del palacio. Uno de ellos está vinculado a la escalera que conduce desde el Patio de Honor hasta el Piano Nobile del Primer Piso, donde se encuentran los salones de usos públicos o sociales. Es una historia transmitida por los mayordomos de la residencia que dice que fueron varias personas (y a lo largo de diferentes períodos) quienes al subir o bajar los peldaños se resbalaron y accidentaron. Hoy está clausurada con un cartel que prohíbe pasar; “es porque la están reparando y no debido al mito”, aseguran las guías. De todos modos, y más allá del actual cartel, desde hace décadas ningún funcionario se atreve, por las dudas, a utilizarla.

La edificación de grandes palacios, petit hoteles y mansiones en Buenos Aires como el palacio durante la primer década del siglo XX surge a raíz de las grandes transformaciones sociales y urbanísticas de las últimas décadas del siglo XIX. La urbe cambia drásticamente en un proceso de modernización y metropolización de forma acelerada. Las clases altas, que solían habitar el sur de la ciudad, se fueron trasladando hacia el norte luego de la epidemia de fiebre amarilla de 1870. Los Anchorena, como en general ese sector de capitalistas agrarios, fueron una clase social consumidora de arte e imitadora de prácticas culturales europeas por razones simbólicas y de prestigio, lo cual se evidencia en los estilos arquitectónicos y de decoración interior de la residencia, expuestas a la mirada pública (al menos, la de una parte de la sociedad) en el contexto de eventos sociales.

Por fuera, se pueden observar las pilastras, molduras y ornamentos, y la mansarda que corona el edificio, con sus techos de pizarra y ojos de buey, característicos de la arquitectura francesa de la época. Todo fue traído de Europa. “El lujo y la expresión de poder simbólico, a través de los estilos de decoración interior neobarrocos o neorrococó (que retoman el gusto de la aristocracia europea), es una característica de los palacios eclécticos criollos de finales de siglo XIX y principios del XX”, señalan las guías. En ese sentido, cada ambiente ofrece una caracterización particular, encontrándose espacios donde lo clásico dialoga con el modernismo de estructuras de hierro y vidrio.

El inmueble fue adquirido por el Estado en 1936 y allí funcionaron las distintas oficinas y dependencias de la Cancillería, e incluso una de sus casas fue residencia del canciller por un breve período. Actualmente su uso es exclusivo protocolar, ya que en 1998 se puso en funcionamiento el edificio moderno de Esmeralda 1212, obra de los arquitectos Aizenstat y Rajlin, que pasa a ser la sede administrativa del ministerio. En 1997, el palacio es declarado Patrimonio Histórico Nacional. Trecho de texto de Virginia Mejía.

Nota do blog: Data 2024 / Crédito para Jaf.


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