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Encuentro de San Martín y Belgrano en la Posta de Yatasto, Provincia de Salta, Argentina (Encuentro de San Martín y Belgrano en la Posta de Yatasto) - Augusto Ballerini

Foto do escritor: Fotografia e Nostalgia
Fotografia e Nostalgia
27 de set.
31 min de leitura

Encuentro de San Martín y Belgrano en la Posta de Yatasto, Província de Salta, Argentina (Encuentro de San Martín y Belgrano en la Posta de Yatasto) - Augusto Ballerini

Província de Salta - Argentina

Instituto Nacional Sanmartiniano, Buenos Aires, Argentina

OST


Texto 1:

Antes de conocerse, José de San Martín y Manuel Belgrano ya se respetaban por sus triunfos (San Lorenzo; Tucumán y Salta). Su amistad nació por carta en 1813 y cristalizó en 1814 con el traspaso del Ejército del Norte: Belgrano pidió “volar” a su lado y San Martín lo defendió ante el gobierno. Desde entonces intercambiaron planes, partes y cuidados personales mientras uno organizaba el Ejército de los Andes y el otro cumplía misiones políticas y militares. Entre derrotas y victorias (Vilcapugio, Ayohuma, Chacabuco, Maipú), mantuvieron una colaboración leal orientada a la libertad americana hasta la muerte de Belgrano en 1820.

San Martín y Belgrano fueron las dos figuras más admiradas de la independencia argentina. Antes de conocerse personalmente, ya se respetaban por sus méritos: Belgrano, abogado ilustrado y creador de la bandera, había demostrado coraje y liderazgo en Tucumán y Salta; San Martín, militar de carrera formado en Europa, traía la experiencia de la guerra moderna y la convicción de liberar América. Su amistad comenzó por correspondencia en 1813, cuando intercambiaron ideas sobre táctica, disciplina y formación militar. Belgrano reconocía su falta de experiencia en la guerra y pedía a San Martín consejo y guía, con la humildad del hombre de Estado que buscaba aprender.

En 1814 se encontraron por primera vez, cuando San Martín fue enviado a reemplazarlo en el mando del Ejército del Norte. Lejos de generar rivalidad, el encuentro consolidó su mutuo aprecio. San Martín destacó públicamente la inteligencia, la honradez y el patriotismo de Belgrano, y pidió al gobierno mantenerlo en el ejército por su valía moral y organizativa. Belgrano, por su parte, veía en San Martín al estratega que la causa necesitaba: metódico, disciplinado y capaz de transformar un ejército disperso en una fuerza profesional.

A partir de entonces, cada uno siguió caminos distintos pero complementarios. San Martín marchó hacia el oeste para organizar el Ejército de los Andes y liberar Chile y Perú; Belgrano continuó cumpliendo misiones políticas y diplomáticas, siempre pendiente del éxito de su amigo. Entre ambos se mantuvo una correspondencia constante, en la que compartieron noticias, preocupaciones personales y la convicción de que la independencia debía lograrse sin ambiciones personales.

San Martín solía decir que Belgrano era “lo mejor que tenemos en América del Sur”, por su integridad, método y patriotismo. Belgrano, en tanto, celebró las victorias de Chacabuco y Maipú como triunfos de toda América, escribiéndole con afecto: “Ha salvado a la Patria y le ha dado crédito y respeto”. La muerte de Belgrano en 1820 truncó los planes de una acción militar conjunta hacia el Perú, pero su ejemplo perduró como el de dos hombres distintos en origen y formación, unidos por el mismo ideal. Su amistad, hecha de respeto, modestia y servicio, simboliza la unión entre la espada y la inteligencia al servicio de la libertad.

Discurso de incorporación como miembro de número de la Academia Sanmartiniana, de José Torre Revello, agosto de 1959:

Las dos personalidades militares más descollantes de nuestra historia, el Libertador José de San Martín y el creador de nuestra bandera, Manuel Belgrano, se admiraron y se estimaron mucho antes de abrazarse por primera vez. Cuando así lo hicieron, tenían alcanzados gloriosos lauros luchando por la independencia de la Patria. Ambos héroes tenían ansias de conocerse. San Martín quería hablar personalmente con el hombre de leyes, el vencedor de Tucumán y Salta, que había derrotado a militares de carrera. Belgrano tenía el mismo anhelo con respecto al estratego, cuyas futuras hazañas pregonaba el combate de San Lorenzo. Belgrano había nacido en Buenos Aires. Su padre era nativo de Oneglia, en Liguria (Italia), pero su madre era nativa de Santiago del Estero. San Martín vio la luz en Yapeyú, en la ribera occidental del río Uruguay, cuando su padre ejercía funciones de teniente de gobernador de ese distrito misionero. Había luchado en África antes de pasar al Río de la Plata y casó por poderes en Buenos Aires, el 1º de octubre de 1770, cuando se encontraba ejerciendo funciones de administrador de la Calera de las Vacas en la actual República Oriental del Uruguay. Ambos eran castellanos, nacidos en la provincia de Palencia. La esposa, doña Gregoria Matorras y del Ser, había arribado a Buenos Aires en 1768 con su primo Jerónimo Matorras, gobernador del Tucumán, que se proponía conquistar el Chaco Gualamba, y que en forma injusta fue perseguido por el arbitrario gobernador de Buenos Aires, Francisco de Paula Bucareli y Ursúa. En aquel rincón uruguayo nacieron del matrimonio San Martín-Matorras los hijos: María Elena, que fue la mayor, el 18 de agosto de 1771, Manuel Tadeo, el 28 de octubre de 1772, y Juan Fermín Rafael, el 5 de febrero de 1774.

El 12 de diciembre de este último año, don Juan de San Martín era designado Teniente de Gobernador del Departamento de Yapeyú. Desde Buenos Aires, a comienzos de abril de 1775, partió con rumbo a su destino. En aquel lugar nacieron Justo Rufino, en 1776, y José Francisco, nuestro Libertador, el 25 de febrero de 1778. Esa zona era entonces campo de lucha constante. Don Juan de San Martín tenía activa participación como instructor y, después de continuo bregar, alcanzó los galones de capitán el 15 de enero de 1779. Sería ése su último ascenso, que premiaba una existencia noble y sacrificada.

Todos los hermanos varones del Libertador fueron militares. Habían visto desde niños ese continuo luchar de entonces en la frontera contra contrabandistas e indios rebelados. Ante la magnitud del peligro en que se vivía, doña Gregoria Matorras, con sus hijos, se trasladó a Buenos Aires, en donde se hallaban desde junio de 1779, es decir, cuando el Libertador tenía poco más de un año de edad.

De acuerdo a instrucciones superiores, cesó Juan de San Martín en el cargo de teniente de gobernador, entregando el mando a su sucesor, el teniente de Asamblea de Caballería, Francisco Ulibarri. Partió con rumbo a Buenos Aires para reunirse con su esposa e hijos el 14 de febrero de 1781. En nuestra capital se incorporó a las filas del ejército, hasta que recibió la real orden de 25 de marzo de 1783, por la que se le autorizaba a regresar a España. Así lo hizo con su familia, embarcando en la fragata Santa Balbina, que en la primera quincena de abril fondeó en la bellísima bahía de Cádiz. Llevaba consigo, como únicos bienes, mil quinientos pesos oro, ahorros obtenidos durante su permanencia en el Plata por espacio de dos decenios.

Don Domingo Belgrano Peri residía en Buenos Aires desde 1751 y casó en dicha ciudad, en la iglesia de la Merced, con doña María Josefa González Casero, el 4 de noviembre de 1757. El padre del creador de nuestra Bandera, después de obtener carta de naturaleza el 20 de setiembre de 1769, continuó en nuestra ciudad en actividades comerciales, actuó en las milicias capitalinas con el grado de alférez, fue regidor del Cabildo y alférez real. Del matrimonio Belgrano-Gonzalez, nacieron trece hijos, de los cuales, seis mujeres. El vencedor de Tucumám y Salta, que fue el cuarto hijo varón, nació el 3 de junio de 1770, y fue bautizado por el canónigo magistral Juan Baltasar Maziel al siguiente día de ver la luz primera, imponiéndosele los nombres de Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús. Es decir que Belgrano era casi ocho años mayor que San Martín. Estudió en el famoso Colegio de San Carlos de Buenos Aires, que fundó el ilustre virrey, nacido en Mérida del Yucatán, en la Nueva España, Juan José de Vértiz y Salcedo. Fue ese recordado Colegio, fragua donde se modelaron altas figuras patricias, que ocuparon las primeras filas en la Revolución de Mayo. Allí se graduó Belgrano de licenciado en filosofía. Fue enviado a España por su padre en compañía de su hermano Francisco, que tenía un año menos de edad, al cuidado de José María Calderón de la Barca, casado con doña María Josefa, hermana de los Belgrano. Es decir que el esposo era cuñado de nuestro héroe. Al enviarlos el padre a España, aspiraba a que ambos hermanos se formaran en el comercio y que, al retornar a la ciudad natal, trajeran algún cargamento de mercaderías. Pero no sucedió así. Manuel en España se matriculó en la Universidad de Salamanca, de la cual pasó a la de Valladolid, donde alcanzó el título de abogado, el 6 de febrero de 1793.

San Martín, por ese entonces, se hallaba incorporado a las filas del ejército real, con el empleo de cadete, y meses más tarde, ostentaba su primer ascenso, como segundo subteniente. Había luchado en las ardorosas tierras africanas y se hallaba incorporado en el Ejército de Aragón.

Creado el Consulado de Buenos Aires por la real cédula de 30 de enero de 1794, fue designado Belgrano secretario de la institución. Su eficiente labor la han puesto de relieve todos sus biógrafos, desde que lo hiciera Bartolomé Mitre hasta los historiadores más recientes, propugnando Belgrano desde aquel cargo la creación de una Escuela de Comercio, y señalando incluso las materias que debían enseñarse en tal establecimiento. A Belgrano se debe la primera escuela de dibujo que tuvo el país (1799), como así la academia de náutica (1799). Entre 1795 y 1809 escribió quince memorias relacionadas con el comercio, la industria, la navegación y la agricultura. Leía varios idiomas, y entre ellos el latín, italiano, francés e inglés. Tradujo al castellano escritos varios, entre los que figura la Despedida de Jorge Washington al Pueblo de los Estados Unidos, que vertió a nuestro idioma en vísperas de la batalla de Salta. Terminó de perfeccionar esa traducción, escribió Mitre, cuando el Ejército permaneció detenido unos días sobre el río Pasaje. Fue después impresa en Buenos Aires en un pequeño folleto, precedida de una Introducción, que fecha Belgrano en Alurralde, a 2 de febrero de 1813, donde explica las circunstancias que lo llevaron a realizar esa tarea.

En su Autobiografía (1770-1810) refiere Belgrano que, cuando Beresford invadió a Buenos Aires en 1806, “hacía diez años que era capitán de milicias urbanas, más por capricho que por afición a la milicia: mis primeros ensayos en ella -expresó- fueron en esa época". Al ver invadido el suelo nativo se llenó de indignación y nunca sintió como en aquel instante su ignorancia hasta de los más simples rudimentos del arte militar. En la segunda invasión inglesa, actuó como ayudante del cuartelmaestre general, coronel César Balbiani. A partir de entonces no fue ajeno a ninguna de las ocasiones en que se planteó la independencia del país de la tutela española. Concurrió por última vez a las sesiones del Consulado el 14 de abril de 1810, dispuesto a partir, desde entonces, a trabajar por la independencia de la Patria, y en esa actitud y en primera fila, lo encontró la Revolución de Mayo, siendo incorporado como vocal de la Primera Junta de Gobierno, que le confió la expedición que se destinó al Paraguay, con el propósito de difundir los altos principios del movimiento iniciado en Buenos Aires. En el escrito que redactó Belgrano, con el título Memoria sobre la expedición al Paraguay (1810-1811), refirió: "La Junta puso las miras en mí para mandarme con la expedición auxiliadora como representante y general en jefe de ella: admití porque no se creyese que repugnaba los riesgos, que sólo quería disfrutar de la capital, y también porque entreveía una semilla de desunión entre los vocales mismos, que yo no podía atajar, y deseaba hallarme en un servicio activo, sin embargo de que mis conocimientos militares eran muy cortos, pues también me había persuadido que el partido de la revolución sería grande, muy en ello, de que los americanos al solo oír libertad, aspirarían a conseguirla”

San Martín en España, después de incorporarse al Ejército de Aragón, se batió en distintas ocasiones en la guerra franco-española. Años después, lucharía por mar contra Inglaterra, después combatiría contra Portugal, actuando en el sitio de Olivenza. Rotas las hostilidades contra Napoleón en 1808, ostentaba en esas circunstancias la graduación de capitán, teniendo una destacada actuación en el encuentro que en Arjonilla sostuvieron sus hombres contra fuerzas desprendidas del ejército francés que operaba a las órdenes del general Dupont.

En la batalla de Bailén, que marcaría el descenso del poderío de las águilas imperiales, tuvo San Martín una destacada participación, siendo mencionado su nombre en la orden del día. Actuó nuestro Libertador en esa acción en el Ejército de Andalucía que comandaba el general Francisco Javier Castaños. Con esas tropas victoriosas entró en Madrid el 23 de agosto. En la capital de España recibió el título de teniente coronel graduado del Regimiento de Borbón y la medalla de oro que premiaba su actuación en Bailén. Después de intervenir en otras importantes acciones de guerra, solicitó el 26 de agosto de 1811 su retiro, que le fue concedido el 5 de setiembre.

El suelo nativo reclamaba entonces su presencia. Días después, el 14 de setiembre, embarcaba en Cádiz con rumbo a Inglaterra, de donde se trasladó al Río de la Plata, desembarcando en Buenos Aires el 9 de marzo de 1812.

San Martín en la proclama que fechó en Valparaíso el 22 de julio de 1820 y que dirigió a los habitantes del Río de la Plata , antes de emprender la misión de libertar al Perú, manifestó cuáles habían sido los móviles que lo retornaron al suelo natal : "Yo servía en el ejército español en 1811 -expresó-; veinte años de honrados servicios, me habían atraído alguna consideración, sin embargo de ser americano: supe la revolución de mi país, y al abandonar mi fortuna y mis esperanzas, sólo sentía no tener más que sacrificar al deseo de contribuir a la libertad de mi Patria; llegué a Buenos Aires a principios de 1812 y desde entonces me consagré a la causa americana: sus enemigos podrán decir si mis servicios han sido útiles".

A Belgrano, después de su retorno del Paraguay, con fecha 13 de noviembre de 1811, se le designó coronel del Regimiento número 1, o sea el Primer Tercio de Patricios. Pronto habría de pasar a Rosario, en cuyas baterías el 27 de febrero de 1812 habría de enarbolar por vez primera la Bandera de la Patria. Designado Jefe del Ejército del Norte o Auxiliar del Perú, pasó a ocupar ese destino. Lorenzo Lugones, distinguido oficial que formó en sus filas, ha referido la acción que desplegó Belgrano en la reorganización de esa Fuerza. Dicen sus palabras que restableció en el mismo la moral, sujetándola “a costa de ejemplares sacrificios, a una estricta subordinación y disciplina. Pudo establecer en regular forma una provisión y un hospital, una maestranza, una academia práctica, un cuerpo de ingenieros y un tribunal militar; pasaba revistas diarias: y como todo lo encaminaba por sí mismo, juzgaba de las cosas con pleno conocimiento, y remediaba oportunamente los males. Belgrano, el más indicado para salvar la Patria en aquellas circunstancias, aparecía en todas partes como el ángel tutelar, trabajando sin descanso, rondeaba al ejército de día y de noche, para imponerse en todo lo que podía ocurrir: se puede decir que nada se ocultaba a su celo y vigilancia, de modo que cuando recibía un parte ya él estaba en antecedentes de lo sucedido”.

Cuando el brigadier realista Pío Tristán avanzaba con su ejército sobre nuestro territorio, resolvió Belgrano hacerse fuerte en Tucumán en la re tirada que había iniciado y librar una batalla, cuyas consecuencias adversas hubieran sido muy graves para la marcha de la Revolución. En carta que el 12 de setiembre dirigió a Bernardino Rivadavia, le manifestaba que “retirarse más e ir a perecer es lo mismo, y poner a la Patria en el mayor apuro; pues no queda otro punto que el Monte Castro; a más perdemos para siempre esta Provincia, aumentamos la fuerza del enemigo, y seremos objeto eterno de la execración”.

En la histórica ciudad de Tucumán se jugaba todo y se fortalecieron los espíritus. El 24 de setiembre de 1812 en el Campo de las Carreras se libró la batalla esperada por ambos bandos, en donde la caballería gaucha entró en acción, quebrando y desbaratando las filas realistas. "En Tucumán - escribió Mitre- salvóse no sólo la revolución argentina, sino que puede decirse se contribuyó de una forma muy directa y eficaz al triunfo de la independencia americana. Si Belgrano, obedeciendo las órdenes del Gobierno, se retira, las provincias del Norte se pierden para siempre, como se perdió el Alto Perú para la República Argentina. Posesionado el enemigo de Jujuy, Salta y Tucumán, podría haber levantado un ejército mayor que el que podía oponérsele, remontando su caballería con naturales de aquellas localidades, que tan dispuestas son para la guerra”.

Tucumán aseguró el éxito de Salta, en donde los realistas se habían atrincherado en sus calles. Antes de celebrarse la batalla de Salta, había sido Belgrano informado que la Bandera que enarbolara en las baterías de Rosario, había sido decretada por la Asamblea Constituyente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, dando así orientación definida a los gloriosos destinos de la Revolución. San Martín había batido a los españoles en San Lorenzo, el 3 de febrero de 1813, y el 20 de ese mismo mes y año, después de reñida batalla, capituló en Salta el brigadier Pío Tristán. La magnitud de este desastre para la causa española repercutió en el Alto Perú, sobre cuyo territorio se adelantaron entonces las fuerzas patriotas, con tan poca fortuna, a pesar de la simpatía demostrada por sus habitantes hacia la persona de Belgrano y del ejército de su mando.

Digamos ahora que la amistad de estos dos héroes, San Martín y Belgrano, se inició epistolarmente. Se supone que entrarían en relaciones a través de José Milá de la Roca, que en carácter de secretario había acompañado a Belgrano en la expedición al Paraguay.

La carta más antigua que se conoce al respecto es una que escribió Belgrano, desde Lagunillas, en tierras del Alto Perú, el 26 de setiembre de 1813, y que se iniciaba con las siguientes expresiones: "¡Ay! amigo mío, ¿qué concepto se ha formado V. de mí? Por casualidad, o mejor diré, porque Dios ha querido, me hallo de General sin saber en qué esfera estoy: no ha sido ésta mi carrera, y ahora tengo que estudiar para medio desempeñarme, y cada día veo más y más las dificultades de cumplir con esta terrible obligación". Seguidamente, en otro párrafo, revela Belgrano la existencia de una carta anterior de San Martín, al expresar: "Creo a Guibert el maestro único de la táctica, y sin embargo, convengo con V. en cuanto a la caballería respecto de la espada y la lanza". Más adelante, agrega: "Saliendo de esta acción, he de promover, sea del modo que fuese, un cuerpo de Lanceros, y adoptaré el modelo que V. me remite". A renglón seguido, manifestaba Belgrano: "Mila [de la Roca] no me ha escrito este correo, o su carta se ha traspapelado; me priva, por consiguiente, del cuadernito suyo de que V. me habla y lo siento infinito". Cuadernito cuyo paradero actual también se ignora y que serviría para conocer los apuntes que el vencedor de San Lorenzo facilitaba a su compañero de armas. Líneas después de las transcriptas, agregaba Belgrano que otro cuaderno que había recibido en el correo anterior "relativo a la caballería me llenó, y lo pasé a Díaz Vélez para que lo leyese". Termina tan interesante carta con estas hermosas expresiones: "Crea V. que jamás me quitará el tiempo, y que me complaceré con su correspondencia, si gusta honrarme con ella, y darme algunos de sus conocimientos para que pueda ser útil a la Patria"

Humilde manifestación de un ilustre varón que, con patriótico afán de perfeccionamiento, reconoce en su compañero de armas cualidades superiores que podrían ilustrarlo.

A cinco leguas de Lagunillas, en las pampas de Vilcapugio, sufriría Belgrano, el 1º de octubre, una de las derrotas más sensibles, que se agravaría con el desastre que experimentó, semanas más tarde - 14 de noviembre- en Ayohuma. Con ese motivo se enviaría a San Martín para reforzar a las tropas patriotas que retrocedían hacia Jujuy y Salta, en busca de apoyo en el heroico vecindario de esas provincias norteñas. Refiriéndose a la retirada de Belgrano, escribió José María Paz en sus Memorias, algunas consideraciones con respecto al estado de ánimo del General en Jefe del Ejército Auxiliar del Perú, en cuyas filas habíase iniciado en la carrera de las armas: "Por más críticas que fuesen nuestras circunstancias -manifestó Paz- jamás (Belgrano) se dejó sobrecoger del terror que suele dominar a las almas vulgares, y por grande que fuese su responsabilidad, la arrostró con una constancia heroica. En las situaciones más peligrosas se manifestó digno del puesto que ocupaba, alentando a los débiles e imponiendo a los que suponía pusilánimes, aunque usando a veces de causticidad ofensiva. Jamás desesperó de la salud de la Patria, mirando con la más marcada aversión a los que opinaban tristemente".

Más adelante expresó Paz: "En los contrastes que sufrieron nuestras armas bajo las órdenes del General Belgrano, fue siempre de los últimos que se retiró del campo de batalla, dando ejemplo y haciendo menos graves nuestras pérdidas".

Tres meses más tarde, de la carta a la que nos hemos referido anteriormente, desde Humahuaca -8 de diciembre- Belgrano le manifestaba a San Martín: "he sido completamente batido en las pampas de Ayohuma cuando más creía conseguir la victoria; pero hay constancia y fortaleza para sobrellevar los contrastes, y nada me arredrará para servir, aunque sea en la clase de soldado, por la libertad e independencia de la Patria". En esa misma ocasión se lamentaba de la falta de buenos jefes de división y de que "somos todos - escribía- militares nuevos", para agregar, en seguida: "todo se encuentra, menos la aplicación y contracción para poderse desempeñar; puede que estos golpes nos hagan abrir los ojos y viendo los peligros muy cerca, tratemos de otros esfuerzos que son dados a los hombres que pueden y deben llamarse tales".

Refiriéndose a los hechos recordados, escribió Mitre, en su Historia de San Martín, que "Las Provincias Unidas no contaban por entonces con ningún general que descollase por su genio militar", y al referirse a Belgrano, señaló que aunque "dotado de altas cualidades, carecía de los conocimientos técnicos y de la inspiración de la guerra, como lo había demostrado en su última campaña, pero era el mejor de los generales probados. Entre los jefes de división, que figuraban en segunda línea, aun cuando los hubiese de gran mérito, no se diseñaba ninguno todavía a quien pudiera confiarse el mando de un ejército. La revolución que hasta entonces había luchado con mediocres generales y con tropas mal organizadas, empezaba a encontrar frente a sí jefes entendidos y ejércitos disciplinados, que no podían contrarrestarse en una campaña regular, sino con mejores generales y mejores soldados. El éxito de las batallas ya no estaba librado al acaso, ni podía depender del entusiasmo. La disciplina, la estrategia, la calidad de las armas y la inteligencia superior del general, serían en adelante condiciones indispensables de todo triunfo militar de la revolución en toda campaña ofensiva en que sus ejércitos tuviesen que alejarse de su base de operaciones. Estas condiciones faltaban, y el general predestinado de la revolución aún no había aparecido. Alvear, que no tenía por entonces ninguna idea fija en el orden militar, se presentó desde luego, como candidato para mandar el Ejército del Norte, al cual había sido destinado anteriormente en rango inferior. San Martín, que consideraba de mayor importancia la empresa sobre Montevideo, y que comprendía que nada decisivo podría intentarse mientras ella no se llevara a buen término, le cedió de buen grado la precedencia y el honor, y en tal sentido escribió a Belgrano recomendándolo. Pero Alvear, fluctuante siempre y temeroso de abandonar el teatro de la política en que brillaba como protagonista, volvió sobre sus pasos indicando a San Martín para ocupar su puesto".

Al noticiarse Belgrano, que en vez de enviar el gobierno a Alvear iría a su encuentro San Martín con fuerzas de auxilio, le escribió una carta al vencedor de San Lorenzo, desde Humahuaca -17 de diciembre-, en donde le expresó : "Vuele V., si es posible; la Patria necesita que se hagan esfuerzos singulares, y no dudo que V. los ejecute según mis deseos para que yo pueda respirar con alguna confianza, y salir de los graves cuidados que me agitan incesantemente. Crea V. que no tendré satisfacción mayor que el día que logre tener la satisfacción de estrecharlo entre mis brazos, y hacerle ver lo que aprecio el mérito y honradez de los buenos patriotas como V.”.

Ocho días más tarde, hallándose acampado Belgrano en Jujuy -25 de diciembre-, despachaba a su amigo y compañero de armas una carta con la que contestaba a otra que le escribiera -6 de diciembre-, en la que le decía: "mi corazón torna un nuevo aliento cada instante que pienso que V. se acerca; porque estoy firmemente persuadido de que V. salvará a la Patria, y podrá el ejército tomar un diferente aspecto: soy solo; esto es hablar con claridad y confianza; no tengo ni he tenido quien me ayude, y he andado los países en que he hecho la guerra como un descubridor”. Más adelante, anotaba: “en fin, mi amigo [espero en] V. compañero que me ilustre, que me ayude, y conozca en mí la sencillez de mi trato y la pureza de mis intenciones, que Dios sabe no se dirigen, ni se han dirigido más que al bien general de la Patria, y sacar a nuestros paisanos de la esclavitud en que vivían. Celebro los auxilios que V. trae así de armas como en municiones y particularmente los dos Escuadrones de su Regimiento pues ellos podrán ser el modelo para todos los demás en disciplina y subordinación".

Después de informarle ampliamente sobre su propósito de replegarse hasta Tucumán y de las medidas de guerra que había tomado para detener el avance del enemigo, Belgrano concluía su carta, manifestándole a San Martín: "empéñese V. en volar, si le es posible, con el auxilio, y en venir a ser no sólo amigo, sino maestro mío, mi compañero, y mi jefe si quiere; persuádase V. que le hablo con mi corazón".

Por resolución del 3 de diciembre había sido designado el coronel José de San Martín -como antes lo hemos expresado- Jefe de la Expedición de socorro al Ejército del Alto Perú, que se compondría "del Primer Batallón del número 7, cien artilleros, y doscientos cincuenta granaderos, debiendo V. S. - se le comunicaba a San Martín- tomar el mando de esta fuerza desde el día de la fecha".

Entretanto Belgrano, en carta datada en Jujuy -27 de diciembre de 1813- le manifestaba: "Importa que sin pérdida de momentos me dirija uno de sus escuadrones hasta Cobos". Días más tarde, en ese mismo lugar -2 de enero de 1814-, le manifestaba: "Deseo mucho hablar con V. de silla a silla; para que tomemos las medidas más acertadas, y formando nuestros planes los sigamos, sean cuales fueren los obstáculos que se nos presenten; pues sin tratar con V. nada me decido".

Cuando las tropas de Belgrano se encontraban en Salta, refiere José María Paz, ya se les había unido un escuadrón de Granaderos a Caballo. La retirada hacia Tucumán se hizo ordenadamente. Belgrano, el 17 de diciembre de 1813, había elevado la renuncia de su cargo, que le fue aceptada el 18 de enero de 1814, día en que se designó a San Martín, General en Jefe del Ejército Auxiliar del Perú, contrariando sus deseos de que Belgrano continuara en sus funciones. El Creador de la Bandera Nacional, hallándose en Tucumán, a 29 de enero, en la orden del día, daba a conocer al Ejército la siguiente disposición: "Se reconocerá por General en Jefe del Ejército, al coronel de Granaderos a Caballo, don José de San Martín".

Al siguiente día -30 de enero- en la primera orden del día que firmó San Martín, se dirigió a las tropas con la siguiente Proclama: "Al Ejército Auxiliador. - Hijos valientes de la Patria. El Supremo Gobierno acaba de confiarme el mando en Jefe del Ejército. El se ha dignado imponer sobre mis hombros, el peso augusto, pero delicado de su defensa . Yo me hago un deber sagrado de no recusarlo. Soldados: Confianza, subordinación y valor. Yo al admirar vuestros esfuerzos, quiero acompañaros en los trabajos, para tomar parte en las glorias. Yo voy a hacer cuanto esté a mis alcances, para que os sean menos sensibles los males. Vencedores de Tupiza, Piedras, Tucumán y Salta, renovemos tan dulces, tan heroicos días. ¿La Patria no está en peligro inminente de sucumbir? Vamos, pues, soldados a salvarla".

En esa misma circunstancia dirigió San Martín al Pueblo de Tucumán otra proclama, en la que manifestó: "Al Pueblo de Tucumán. - Valientes Tucumanos. Los lances de la guerra, han traído de nuevo a vuestro seno, los Soldados de la Patria, con quienes os inmortalizasteis el año anterior. Tucumán es el teatro de los héroes. Yo os felicito ya, por los triunfos memorables que nos esperan. El enemigo humillado en vuestro recinto, recuerda con horror el nombre Tucumano. La sangre, la ruina, la desolación de vuestro pueblo, ocupa su atención primordial. Haced conocer al mundo que en vuestros hogares, está fijado el dique, que debe contener su irrupción. Constancia, Unión, Tucumanos, y apareceremos invencibles. Yo vengo a trabajar entre vosotros. Fijad en mis deseos, y en los esfuerzos que os prometo, las esperanzas que os da un compañero. Unido el Ejército de mi mando con vosotros ¿tendrá la Patria a quien temer?".

Al asumir San Martín la jefatura del Ejército, pasó Belgrano a ocupar el mando del Regimiento número 1, del que fue relevado por el gobierno el 5 de febrero, ordenándosele su traslado a Córdoba. San Martín se resistía a cumplimentar esa orden y al responder a la superioridad -13 de febrero- elogió las cualidades morales y militares de su compañero de armas, diciendo que no era conveniente su separación "en primer lugar, porque no encuentro un oficial con bastante suficiencia y actividad que lo subrogue en el mando de su Regimiento, que debe organizarse bajo un pie respetable y con la celeridad posible antes que adelante sus movimientos el enemigo que se halla ya reforzado en Salta; ni quien me ayude a desempeñar las diferentes atenciones que me rodean con el orden que deseo, e instruir la oficialidad" , juicio estimativo que, expresado con alta comprensión sobre la personalidad del vencedor de Tucumán y Salta, no alcanzaría a quebrar la decisión del Director Supremo del Estado, Gervasio Antonio de Posadas, que al contestar a San Martín - 2 de marzo- mandó que se diera cumplimiento a lo ordenado, por lo que Belgrano se retiró del Ejército con rumbo a Santiago del Estero, para después seguir viaje hasta Luján.

Recuerda el general Paz que, al llegar San Martín a Tucumán, reorganizó el Ejército "en los rudimentos de la táctica moderna, que hasta entonces no conocíamos. La caballería, principalmente, recibió mejoras notables, pues, como he indicado antes -expresó-, estábamos en el mayor atraso y en la más crasa ignorancia. El General estableció una academia de jefes que se reunían las más de las noches en su casa, y éstos presidían a su vez la de los oficiales de los regimientos, de modo que los nuevos conocimientos se transmitían desde la cabeza hasta las últimas clases".

Poco tiempo habría de establecerse San Martín en Tucumán. Con las medidas tomadas en el aspecto militar y la eficaz colaboración de Martín Güemes, que al frente de sus gauchos paralizó la acción del jefe español Joaquín de la Pezuela, a quien después de la caída de Montevideo obligó a emprender la retirada con su ejército hacia su cuartel general en Tupiza. Sintiéndose enfermo, San Martín se trasladó a una estancia que distaba 36 kilómetros de la ciudad de Tucumán, conocida por La Ramada. Allí esperó la licencia que había solicitado a la superioridad para trasladarse a Córdoba con el propósito de recuperar la salud. Al serle concedida -6 de mayo- delegó el mando de General en Jefe interino del Ejército en el teniente coronel Francisco Fernández de la Cruz, que desempeñaba las Funciones de mayor general.

Pocos días después -29 de mayo- San Martín le escribía -a su sucesor- que se hallaba a la entrada de la travesía de Córdoba -como informa Mitre-, y Cruz era dado a reconocer como general en jefe interino. Aquí termina el mando del general San Martín en la guerra del Norte, al mismo tiempo que la segunda invasión española al territorio argentino era triunfalmente rechazada, sin combatir, por efecto de sus trabajos y hábiles maniobras".

Hallándose el general Belgrano en Santiago del Estero se entera que San Martín se encuentra enfermo. Entonces le escribe -28 de abril- manifestándole: “He sabido con el mayor sentimiento, la enfermedad de V. Dios quiera que no haya seguido adelante, y que ésta le halle en entera salud. Hago memoria que V. me dijo pasaba de los 36 años, y esto me consuela; porque he oído a médicos de mucha fama, que en esa edad ya no es temible echar sangre por la boca, a menos que no provenga de algún golpe. Sea lo que fuere, quisiera dar a V. todo alivio; pues mi gratitud es, y será siempre invariable”.

Hallándose Belgrano en Loreto, le escribe a San Martín -22 de mayo- que se hallaba de paso en Santiago del Estero, lamentándose de sus males y le expresaba que encargaba a los parientes que tenía en dicha ciudad "que hagan cuanto le sea dable en su obsequio". Seguidamente anotaba: "Con arreglo a órdenes del gobierno marcho a Buenos Aires. Saldré mañana de aquí. No valgo nada; mas cuanto yo fuese capaz de ser útil a V. pondré en ejecución, si V. quiere creer que soy su amigo, y en consecuencia gustaré ocuparme".

A partir de ese momento el destino marcó el rumbo histórico que cada uno debía seguir en su trayectoria inmortal. San Martín marchaba a Mendoza a organizar el Ejército de los Andes y Belgrano se trasladó a Europa a desempeñar una difícil misión diplomática.

Belgrano nunca estuvo ausente en el corazón de San Martín. Tampoco lo es tuvo el Libertador en el abnegado espíritu del vencedor de Tucumán y Salta.

Después del desastre de Sipe-Sipe -29 de octubre de 1815-, en cuyas circunstancias el Ejército al mando de José Rondeau se retiró hacia nuestras fronteras actuales, dando origen a la renuncia del mando por parte del vencedor del Cerrito. San Martín, previendo esa contingencia, se dirigió a su gran amigo el ilustre mendocino Tomás Godoy Cruz -12 de marzo- diciéndole: "En el caso de nombrar quien deba reemplazar a Rondeau, yo me decido por Belgrano: éste es el más metódico de lo que conozco en nuestra América, lleno de integridad y talento natural: no tendrá los conocimientos -asentaba- de un Moreau o Bonaparte en punto a milicia, pero créame V. que es lo mejor que tenemos en América del Sur".

Ninguna otra correspondencia conocemos cambiada entre estos dos grandes prohombres de nuestra nacionalidad, San Martín y Belgrano, hasta llegar el año de 1817 en que hallándose nuevamente Belgrano al mando del Ejército, recibió el oficio de San Martín, datado en Santiago de Chile a 14 de febrero, en el que le comunicaba el éxito alcanzado en Chacabuco. Al contestarle, Belgrano –26 de febrero- lleno de emoción, le manifestó: "Los Pueblos y Ejército de mi mando, llenos de júbilo y contento, ven en V. E. el Libertador de Chile, y le dan las gracias por el beneficio que deben a sus nobles esfuerzos, felicitándolo conmigo, igualmente que a sus compañeros de armas, que han sabido seguir las huellas que V. E. les trazó para cubrirse de glorias las armas de la Nación, sacar de la opresión a nuestros hermanos y afianzar para siempre la independencia de la América del Sud".

Altas expresiones con que el alma generosa del vencedor de Salta se congratulaba al ver como su fraterno compañero de armas alcanzaba laureles para la Patria, cuya independencia extendía sus beneficios más allá de las montañas.

A esa carta siguieron otras en las que ambos compañeros de armas hablaban de la futura campaña a realizar sobre el· Perú. Belgrano encabeza sus cartas con la efusiva expresión: "Mi hermano y amigo amado" -26 de setiembre de 1817. En esa circunstancia le manifestaba que "había salvado a la Patria y le ha dado crédito y respeto que ya tenía perdido", para decirle en seguida: "Cuídese V. mucho y viva para dar la última mano a la obra".

Al siguiente mes -24- de octubre- en otra misiva en donde al interesarse por su salud le aconsejaba un tratamiento médico a seguir, dándole, a la vez, amplias informaciones sobre el movimiento e instrucción de la tropa.

Tres días después de la batalla de Maipú, en donde con ese triunfo consolidó San Martín la Independencia de la América del Sur, le escribió a Belgrano noticiándolo de esa victoria. Al contestarle desde Tucumán, el vencedor de Salta -20 de abril-, después de recordar la sorpresa de Cancha Rayada, le expresaba "que el enemigo fascinado con aquél, no se le ocurrió por lo visto que aún existía el general San Martín y que capaz de transmitir su heroísmo al último de sus subalternos haría prodigios aún con la espada al cuello; él sin duda contó con que V. E. sería el primero que arrastrase su carro triunfal auxiliado de los jefes que lo secundaban, pero la copa de la felicidad jamás se concedió a un orgullo presuntuoso; encontró su ruina y su vergüenza donde creyó dar con su gloria y exaltación".

Meses más tarde -26 de setiembre- decíale: "¡Cuánto siento que la salud esté tan decaída! Vamos a perder mucho si ella o cualquiera otra razón nos priva de su presencia en Chile". Entrando en seguida a manifestarle algunas reflexiones con respecto a sus futuras actividades. Al siguiente año -5 de marzo de 1819- le daba noticia de la marcha de los acontecimientos que se desarrollaban en el interior del país y agregaba: "Tendré mucho gusto de dar a V. un abrazo; dígame dónde, para que no pierda V. camino; debe esto acabarse pronto". Cierra esa carta Belgrano expresándole a San Martín: "bueno es que venga V. custodiado".

A las referidas, siguen otras cartas, con toda clase de informaciones sobre las luchas que ensangrentaban el interior del país. Desde la Posta de la Candelaria, le manifestaba -7 de abril- con referencia a su esposa, doña María de los Remedios de Escalada de San Martín, que en su viaje hacia Buenos Aires, Belgrano se había visto obligado a asegurarle el tránsito. "¡Buenos cuidados he tenido por la señora de V.! -escribía el vencedor de Salta-. Al fin está aquí libre de cuidados, y pienso detenerla hasta ver más claro de estos hombres; opino que debe ir embarcada desde Rosario, por más comodidad, que por los campos, que se hallan asolados y las postas sin caballos, hasta Arrecifes según me parece; en fin, veremos lo que mejor le convenga". Cinco días más tarde -12 de abril- desde Rosario le expresaba al Libertador con respecto a su esposa e hija: "La señorita Remedios, con la preciosa y viva Merceditas, pasó de aquí felizmente, y según me dice el conductor del pliego, había seguido bien hasta Buenos Aires". José María Paz, en sus Memorias, ha recordado ese episodio y señaló los difíciles momentos que pasaron las viajeras.

Entre otras cartas de las dirigidas por Belgrano a San Martín, vamos a señalar una que se data en Fraile Muerto (Bell Ville), en Córdoba -7 de julio-, en donde después de referirse el primero a los males que aquejaban al vencedor de Maipú, le expresaba: "La Patria lo necesita a V. mucho, en estas circunstancias más que nunca; es preciso, pues, cuidarse y adoptar un método para estar capaz de vivir ... ". Seguidamente lo informa de las actividades que desarrollábanse en el norte y agrega: "Se nos amenaza con una expedición española al Río de la Plata; como V. sabe, y yo no creo que se verifique, al menos, en el tiempo que se dice".

La última carta que conocemos entre las dirigidas por Belgrano a San Martín, se fecha en Pilar -17 de agosto de 1819-, en donde le avisa haber recibido diversos papeles que le remitiera el Libertador. Se termina, expresando el vencedor de Tucumán : "Me complazco mucho de que V. esté aliviado de sus males; yo, hace unos cuatro días que conozco hallarme mejor, y estoy con las mismas esperanzas que V. de que calentando el tiempo, se pase esta incomodidad".

Al siguiente año -1820-, decisivo en los fastos de la Revolución, ocurrió el deceso de Belgrano y meses más tarde de este doloroso desenlace, después de vencer infinitas dificultades, con su expedición levó anclas San Martín del Puerto de Valparaíso para proseguir el genial proyecto que concibiera en Tucumán, mientras desempeñó el mando de General en Jefe del Ejército Auxiliar del Perú. Belgrano había conocido aquel proyecto que parecía irrealizable para otro hombre que no fuera San Martín, y sabía también de los obstáculos interpuestos en el orden político y económico, pero confiaba en las dotes extraordinarias del ilustre hijo de Yapeyú, que supo vencer cuantas dificultades trataron de cerrarle el paso, porque un móvil superior guiaba su destino. Belgrano había combinado con San Martín el avance de su Ejército hacia el Alto Perú, favoreciendo así la Expedición Libertadora con la dispersión que ocasionaría a las fuerzas realistas. Ese proyecto había trascendido, por causas que ignoramos y lo conoció el Barón de la Laguna (Carlos Federico Lecor), quien desde Montevideo, plaza que ocupaba con fuerzas portuguesas, se dirigió a su Emperador, con carta de 18 de diciembre de 1818, que dió a conocer Eugenio Corbet France, en la cual al darle noticia de la Expedición proyectada por San Martín para independizar al Perú, le manifestaba: "Si el Ejército de Belgrano combinase con aquellas [fuerzas] sus movimientos, las tropas españolas del Perú, como es natural, atacadas de frente y retaguardia por las de Buenos Aires, con el auxilio de los pueblos insurrectos, tal vez serían copadas. La verosimilitud de estos hechos, radica en la unión de Belgrano y San Martín destinado a conducir a los puertos intermedios la expedición de Lima, y juntas esas fuerzas, con el auxilio natural de las Provincias, Lima corre gran riesgo, y el Gobierno Español perderá cuanto haya conservado en la América del Sur. El estado actual de los sucesos hace admisible aquel proyecto".

Proyecto que el destino no quiso que se cumpliera, por el cual combinados los ejércitos de San Martín y Belgrano en una acción conjunta, hubieran alcanzado el fin que se propuso el Libertador: acelerar la terminación de la guerra de la Independencia.

Belgrano, por fatales circunstancias, no pudo coadyuvar con su fraternal amigo, y Martín Güemes, que entró en esa combinación al ser designado por San Martín -8 de junio de 1820-, General en Jefe del Ejército de Observación sobre el Perú, cuya organización retardaron distintas causas, murió el 17 de junio de 1821, cuando con sus valientes gauchos iba a cumplir la acción confiada por el Libertador.

Ambos varones, San Martín y Belgrano, paradigmas de grandes patriotas y hombres sin tacha, benévolos y desinteresados en sus grandezas, se habían conocido en momentos azarosos para la Independencia de América. · Cruzaron etapas llenas de peligros, sin manchar la integridad moral de que estaban revestidos. Con inquebrantable constancia mantuvieron firmemente los propósitos que los llevaron a la lucha y sufrieron estoicamente la incomprensión de muchos de sus compatriotas. No obstante trabajaron fervorosamente, sin temer las acechanzas de sus enemigos.

San Martín, profundo conocedor de los hombres, venció las intrigas y anuló la osadía de quienes trataban de quebrantar su glorioso itinerario, dejando jirones de su corazón a lo largo de un erizado camino, que culminó en la más grande de sus victorias: el renunciamiento de Guayaquil y el voluntario destierro que se impuso; para no deslucir el brillo de su corvo y glorioso sable de Libertador. Texto de José Torre Revello.

Texto 2:

Las preferencias históricas de los argentinos están repartidas entre dos grandes próceres por sobre todos los demás: José de San Martín y Manuel Belgrano. Durante décadas, la supuesta disyuntiva pareció favorecer a San Martín; sin embargo, la figura de Belgrano fue creciendo hasta compartir el mismo rango en la consideración colectiva.

Fueron coetáneos. El ciclo de mayor protagonismo de ambos fue coincidente y breve a la vez: diez años. Belgrano, entre 1810 y 1820, año de su fallecimiento; San Martín, entre 1812 y 1822, cuando inició su largo retiro. Se conocieron a comienzos de 1814, en una posta salteña donde se dieron aquel legendario abrazo (imagen). Compartieron un par de meses la jefatura del Ejército del Norte, en el cuartel de San Miguel de Tucumán, y después ya no volvieron a verse.

No hubo rivalidad, sino sincera amistad entre ellos. Belgrano, pese a ser ocho años mayor, sentía admiración y sincero afecto por San Martín. El 25 de diciembre de 1813, poco antes de aquel encuentro, desde Jujuy, le envió una carta que refleja esos sentimientos: “Mi corazón toma nuevo aliento cada instante que pienso que usted se me acerca porque estoy firmemente persuadido de que con usted se salvará la Patria y podrá el ejército tomar un diferente aspecto”.

San Martín, por su parte, correspondió a la estima de Belgrano y apreció sus méritos sin tapujos. El 5 de febrero de 1814, ofició al gobierno central solicitando la permanencia de Belgrano en el ejército, requerido para ser juzgado por su desempeño en la segunda campaña al Alto Perú: “He creído de mi deber informar a V. E. que de ninguna manera es conveniente la separación de dicho brigadier de este ejército, en primer lugar porque no encuentro un oficial de bastante suficiencia y actividad que lo subrogue accidentalmente en el mando de su regimiento (…) pues de todos los demás oficiales de graduación que hay en el ejército no encuentro otro de quien hacer confianza”. Belgrano, finalmente, fue separado del ejército, pero hasta último momento trató de asesorar a San Martín con total honestidad y desprendimiento personal.

En 1815, Belgrano partió a Europa en misión diplomática, mientras que San Martín, tras una breve estancia en Córdoba para reponer su salud, se estableció en Mendoza para organizar el Ejército de Los Andes. En 1816, volvió a recomendar a Belgrano para comandar el Ejército del Norte: “En caso de nombrar quien deba remplazar a Rondeau, yo me decido por Belgrano; éste es el más metódico de los que conozco en nuestra América, lleno de integridad y de talento natural; no tendrá los conocimientos de un Moreau o Bonaparte en punto a milicia, pero créame que es lo mejor que tenemos en la América del Sud”, escribió a Tomás Godoy Cruz, diputado por Mendoza en el Congreso de Tucumán. También avaló la postura expuesta por Belgrano ante los diputados reunidos en Tucumán acerca de la forma de gobierno a adoptar: “Ya digo a Laprida lo admirable que me parece el plan de un Inca a la cabeza: sus ventajas son geométricas”, notificó a Godoy Cruz, para que no quedasen dudas de que compartía la propuesta del creador de la bandera en ese momento crucial. En los años siguientes, Belgrano, desde Tucumán, celebró con entusiasmo el progreso exitoso de la campaña libertadora de San Martín que, de haber podido, hubiera acompañado con gusto.

En un exceso de síntesis, podría decirse que Belgrano fue artífice de la primera hora del proceso independentista y de su ulterior consumación, y San Martín el autor de la consolidación y proyección a escala continental de ese proceso. Belgrano fue alto protagonista de la Revolución de Mayo, en tanto que San Martín se sumó a la gesta americana en 1812 cuando regresó a su patria. Ambos fueron actores centrales de esa hora fundante en la que debieron trajinar en un escenario complejo y volátil; repudiaron con igual vehemencia el conflicto interno y, hasta donde pudieron, trataron de apaciguar enfrentamientos estériles. Se sentían, ante todo, servidores de la causa que obraba en ellos como valor supremo. Y no es que fueran iguales, porque no lo eran, ni en sus perfiles personales, ni en sus gustos o predilecciones. Sí lo eran en sus convicciones profundas, sobre todo el patriotismo acendrado de ambos, y allí está la clave del aludido entendimiento mutuo. El destino dispuso que los dos estuvieran ausentes en la hora que siguió a la gesta independentista, la turbulenta y traumática década de 1820.

En síntesis: está claro que resulta irrelevante e inconsistente a la vez elucubrar algún tipo de competencia, mucho menos una rivalidad, entre Belgrano y San Martín o desunir en la memoria lo que estuvo unido en su tiempo por ellos mismos. Que uno fuera civil y el otro militar, es puramente circunstancial: podría haber sido a la inversa y no cambiaría las cosas.

¿San Martín o Belgrano? Respuesta a boca de jarro: San Martín y Belgrano. En cualquier orden, lo mismo da. Cabe asumirlos como padres de la patria que fueron y tratar de emular su ejemplo, honrando el valioso legado que dejaron. Texto de Esteban Dómina.

Nota do blog: Data não obtida / Crédito para Wikipédia.

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