Bandera del Operativo Cóndor, Salón de los Pasos Perdidos, Congreso de la Nación Argentina, Buenos Aires, Argentina


Bandera del Operativo Cóndor, Salón de los Pasos Perdidos, Congreso de la Nación Argentina, Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires - Argentina
Fotografia
Texto 1:
El Palacio del Congreso de la Nación Argentina alberga una de las siete banderas argentinas que flamearon en las Islas Malvinas durante el Operativo Cóndor el 28 de septiembre de 1966.
Este histórico emblema se encuentra en exposición en el Salón de los Pasos Perdidos. Texto do blog.
Texto 2:
El 28 de septiembre de 1966 un grupo de militantes aterrizó un avión en las Islas Malvinas e izó siete banderas argentinas.
La operación estaba prevista para realizarse el 20 de noviembre, coincidiendo con el Día de la Soberanía por la batalla de la Vuelta de Obligado. Pero el grupo de militantes decidió adelantarlo casi dos meses por la presencia, en Argentina, del príncipe Felipe de Edimburgo. Es que la acción tenía un objetivo propagandístico: reivindicar la soberanía sobre las islas al tiempo que provocar a la dictadura recién establecida de Juan Carlos Onganía.
Fueron 18 militantes los que esa madrugada subieron al avión. El Operativo Cóndor, tal como lo bautizaron, estuvo encabezado por Dardo Cabo, militante del peronismo nacionalista del Movimiento Nueva Argentina (MNA). Pero fue ideado por una periodista y militante, la figura central de esta historia: María Cristina Verrier.
El vuelo regular 648 de Aerolíneas Argentinas, con destino a Río Gallegos, despegaría a las 00.50 de ese miércoles. Los únicos que sabían cuál sería su verdadero destino final eran los 18 militantes. El director del diario Crónica, Héctor Ricardo García, subió al vuelo invitado por el propio Dardo Cabo, pero sin saber adónde ni a qué iba. Y como Dios, además de ser argentino, no juega a los dados, de casualidad iba en el vuelo José María Guzmán, por entonces gobernador de facto del territorio nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur.
Faltaba una hora para llegar a Río Gallegos cuando Dardo Cabo y Alejandro Giovenco, otro de los militantes, se dirigieron a la cabina del avión. Le ordenaron al piloto que modificara el trayecto y redirigiera el vuelo: rumbo uno, cero, cinco. El destino final, Malvinas. (Hay una serie muy bonita sobre este tema con ese título: Rumbo uno, cero, cinco).
María Cristina Verrier había conocido a Dardo Cabo cuando lo entrevistó para un perfil de jóvenes nacionalistas que había hecho para la revista Panorama. Allí, Dardo Cabo, hijo del histórico dirigente gremial metalúrgico Armando Cabo, le dijo a Verrier: “No somos un grupo de choque, estamos en el peronismo y tenemos una sola doctrina: la justicialista. Las represiones contra los movimientos nacionales siempre han sido violentas. Fusilaron a Dorrego, a Valle, persiguieron al peronismo. En cambio, nosotros siempre hemos sido indulgentes con el vencido. Algún día eso va a tener que terminar”. Cuando Verrier pensó en el operativo para desembarcar en Malvinas, pensó inmediatamente en Dardo Cabo. Se volvieron a encontrar. Comenzaron una relación sentimental mientras ideaban el plan para izar la bandera argentina en las islas.
No eran los únicos ni los primeros que habían tenido la idea. Nuestros amigos que se robaron el sable de San Martín también lo habían pensado como una de las tres acciones para levantar la moral militante. El Movimiento Nacionalista Tacuara Revolucionario (MNRT) había planeado comprar un barco llamado “Río Segundo” para un intento de desembarco en Malvinas, con lo obtenido en el asalto al Policlínico Bancario de 1963. Fueron capturados luego del robo. En 1964 alguien lo hizo. Miguel Lawler Fitzgerald, un piloto argentino, partió de Río Gallegos a bordo de su avioneta monomotor Cessna a la que bautizó “Don Luis Vernet”, en homenaje al primer gobernador argentino de las islas. Logró aterrizar en la pista de cuadreras del denominado “Puerto Stanley”, bajó con una bandera argentina y la ató a un alambrado. Quince minutos después despegó rumbo al continente.
En ese mismo lugar aterrizó el vuelo de Aerolíneas Argentinas que, ahora, estaba controlado por Cabo y Giovenco. Un rato antes de aterrizar, María Cristina simulaba una entrevista Guzmán, el gobernador de Tierra del Fuego.
–Estamos a la altura de las Malvinas. Sería lindo ir, ¿no?
–La verdad, es un sueño que tengo.
–No se haga problema, los sueños se cumplen.
Conocemos esta charla por un libro muy importante: Siete banderas, siete destinos, de Carlos López. Volveremos a él en un rato. Mientras tanto estamos en la misma pista en la que aterrizó Fitzgerald. Ahora, sin embargo, ha aterrizado un vuelo de línea de Aerolíneas Argentinas. Eran las 8.42 de la mañana. Algunos curiosos que pasaban por la zona comenzaron a acercarse a la alambrada. Hasta que vieron bajar del avión a un grupo de jóvenes –el más grande tenía 32 años– armados y portando banderas argentinas.
En total eran siete banderas, exactamente iguales. Medían 2,5 x 1,5 mts. y habían sido confeccionadas por la madre de María Cristina Verrier. El número de banderas había sido elegido por ella y Dardo Cabo. El siete, dijeron, era un número bíblico. Ambos eran muy creyentes y devotos de la Virgen de Itatí. Las primeras cinco banderas las colgaron sobre la alambrada más cercana al avión. La sexta bandera fue enarbolada sobre el propio avión. Y la séptima fue izada en un mástil que improvisaron en el lugar. Minutos después, los “cóndores”, como se hicieron llamar, le cambiaron el nombre británico al puerto: Puerto Stanley fue reemplazado por Puerto Rivero, en homenaje a la histórica gesta del Guacho Rivero en 1834. Los cóndores habían hecho un trabajo de inteligencia previo. Verrier había viajado en varias oportunidades al sur, conocía la tripulación y especialmente el avión, un Douglas DC-4. Habían logrado despachar el equipaje en la bodega 2, un lugar estratégico al que se podía acceder desde la cabina de mando. Así extrajeron las armas y las banderas.
Una vez asegurada la posición, los cóndores publicaron la primera proclama. Decía que la responsabilidad de la soberanía nacional siempre había sido soportada por las Fuerzas Armadas. Que ahora correspondía a los civiles, en su condición de ex soldados de la nación, demostrar que lo aprendido había calado hondo en sus espíritus. Decía que estaban en las islas “solos ante Dios y con nuestra determinación. Sin banderías políticas. Provenimos de todos los sectores nacionales y pertenecemos a militancias políticas distintas”. Era cierto. El grupo de militantes era diverso. Así había sido diseñado el operativo, buscando incluir sectores distintos de la militancia para dar un mensaje de unidad nacional. “Ponemos hoy nuestros pies en las islas Malvinas argentinas –aseguraba la proclama– para reafirmar con nuestra presencia la soberanía nacional y quedar como celosos custodios de la azul y blanca que ha de flamear altiva mientras haya hijos que respondan por ella”. Encomendados a Dios, finalizaba: “O concretamos nuestro futuro. O moriremos con el pasado”.
De a poco el lugar fue rodeado por isleños y militares armados. El operativo había sido bien diseñado y planificado, con excepción de un detalle. No habían embarcado previsiones suficientes como para sobrevivir varios días dentro del avión. El sistema de comunicaciones –unos enormes walkie-talkies que llevaron en bolsos– tampoco funcionó. Pasado el primer día, el grupo comenzó a negociar a través de un cura que había en la isla. El padre Rodolfo Roel, sacerdote salesiano de origen holandés, consiguió que los pasajeros civiles que no formaban parte del operativo, incluído Héctor Ricardo García, fueran alojados en casas de los kelpers. Fue también a través del cura Roel que se dio el desenlace de la situación, que naturalmente provocaba una tensión. El gobierno de Onganía respondió rápidamente repudiando la situación. Dijo que, pese al reclamo de soberanía sobre las islas que el Gobierno compartía, se trataba de una acción de un grupo faccioso.
El padre Roel consiguió un acuerdo entre el Gobierno de las islas y los argentinos. El grupo encabezado por Cabo y Verrier depondría las armas y sería acogido por la Iglesia, bajo responsabilidad del sacerdote. Al día siguiente se cumplió lo acordado. Previo a dejar el avión, el padre Roel dio una misa en el interior de la cabina a pedido de Dardo Cabo. Luego bajaron del avión, se formaron frente a la bandera que habían izado en el mástil, cantaron el himno y entregaron las armas al comandante del avión, Ernesto Fernández García (que ha escrito un libro muy lindo sobre la peripecia). El gesto era simbólicamente importante: era la única autoridad que reconocían en las islas.
Los miembros del Operativo Cóndor tomaron las siete banderas que habían desplegado sobre los distintos lugares del aterrizaje y las llevaron consigo a su lugar de detención: la capilla del padre Roel. Allí permanecieron durante 48 horas más. Las autoridades kelpers intentaron que los argentinos les entreguen las banderas, pero no lo consiguieron.
Todos los pasajeros del avión original fueron trasladados al continente en el buque argentino ARA Bahía Buen Suceso (un buque que casualmente sería hundido años más tarde en la Guerra de Malvinas). Durante el viaje, Dardo Cabo le entregó las banderas al gobernador de Tierra del Fuego, José María Guzmán. Sabía que ni bien pisara el continente sería detenido.
–Señor gobernador de nuestras islas Malvinas: le entrego como máxima autoridad aquí en nuestra Patria estas siete banderas. Una de ellas flameó durante 36 horas en estas islas y bajo su amparo se cantó por primera vez el Himno Nacional.
Desde allí se emitió la última proclama de los cóndores. Allí se dejó constancia que “en ningún momento las banderas argentinas han estado en manos extranjeras. Hemos traído siete banderas y siete banderas vuelven con nosotros”. Al llegar al continente, efectivamente, los miembros del operativo fueron procesados y las banderas quedaron en manos del Poder Judicial. La mayoría de los detenidos salió en libertad condicional a los nueve meses, salvo tres: Dardo Cabo, Alejandro Giovenco y Juan Carlos Rodríguez, que tenían antecedentes penales por actividades durante su militancia en la resistencia peronista.
Desde prisión, Dardo Cabo se preocupó por garantizar la guarda y el mantenimiento de las banderas. En diciembre de 1967, le envió una nota al juez federal Miguel Ángel Lima pidiéndole que las banderas contaran con alguna certificación legal que las acreditara como aquellas que habían participado del operativo. Sus abogados presentaron el pedido de que les entreguen las banderas o que se las den en custodia al Museo Histórico Nacional. El juez respondió que, de acuerdo al Código Penal, la condena implica la pérdida de los instrumentos del delito y su decomiso. Pero que, en este caso, las banderas argentinas –“por el hecho de haber tremulado sobre una porción irredenta de tierra de la patria”– no podían ser consideradas instrumentos de delito. Por ello, contestó, correspondía la devolución a quien había demostrado actuar como su propietario (es decir, Dardo Cabo). Respondió también al pedido de enviarla al Museo: “No pretendamos anticiparnos al juicio de la historia. Dejemos a la posteridad lo que es de la posteridad. Sólo el tiempo que acalla las pasiones y afina las perspectivas es el capaz de dar su fallo sereno e imparcial”.
De esa manera, las banderas debían volver a manos de Dardo Cabo. Enterado del operativo y de la cuestión de las banderas, Juan Domingo Perón le escribió desde el exilio. Lo felicitó por la pronta paternidad –María Cristina Verrier estaba embarazada–, por el éxito del operativo y se refirió a la cuestión de las banderas: “Me parece que deben ser conservadas por usted hasta que llegue la oportunidad de poderles dar el destino que corresponde, en acto público y reivindicando el honor que les corresponde y que ha sido mancillado por la cipayería entreguista que actualmente domina desde el poder usurpado al Pueblo Argentino”.
Dos años después de la decisión del juez Lima, las banderas seguían en manos del Poder Judicial. Cabo volvió a pedir las banderas y su certificación en marzo de 1969. Esta vez se cumplió rápidamente. Las siete banderas llevan desde entonces una certificación judicial sobre su ángulo superior izquierdo que establece que son las banderas que Dardo Cabo entregó al gobernador de las islas Malvinas el 1° de octubre de 1966.
El día que estalló el Cordobazo, el 29 de mayo de 1969, Dardo Cabo salió de prisión. Llevaba un bolso de mano con las siete banderas que entregó a su compañera para que las guardara. Dos meses después, cuando asesinaron a Augusto Timoteo Vandor, una denuncia anónima identificó falsamente a Cabo como uno de los autores del hecho, lo que provocó un allanamiento en el domicilio de su pareja. No encontraron nada que lo vincule al asesinato. Tampoco las siete banderas.
Años después, en 1977, Dardo Cabo murió asesinado por la dictadura militar. Las banderas quedaron bajo custodia de María Cristina que se retiró de la vida pública y nunca nadie las volvió a ver.
Hasta el año 2011. El escritor Carlos López, buscando información sobre los cóndores, comenzó a frecuentar a María Cristina Verrier. En uno de esos encuentros, le contó que una de las banderas había aparecido en Lezama, provincia de Buenos Aires. María Cristina lo sabía. Ella misma, junto a Dardo Cabo, se la había entregado al empresario César Cao Saravia, uno de los que había financiado el viaje a Malvinas. La bandera estuvo en esa familia por casi cuarenta años. En 2009, la viuda de Saravia la donó al municipio de Lezama, aprovechando que ese año había conseguido autonomizarse de Chascomús.
Después de repasar la historia de esa séptima bandera, María Cristina le dijo al escritor que lo acompañase a otro cuarto. De adentro de un sombrerero sacó las seis banderas restantes. Eran las originales, certificadas por el Poder Judicial. Juntos le escribieron una carta a la entonces presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, para entregarle las banderas. Verrier quería que una de ellas fuera depositada en la Virgen de Itatí, “porque bajo el manto de la Virgen fuimos protegidos y nuestra exigencia de que fueran los argentinos quienes nos vinieran a buscar se cumplió”. Otra de las banderas, le dijo en la carta, debía ser enviada al mausoleo de Néstor Kirchner, “porque no solo se inmoló por sus ideales sino porque puso a la mujer en igualdad con el hombre”. El resto de las banderas se ponían a disposición.
Verrier fue recibida a los pocos días por Cristina Kirchner. Las dos primeras banderas fueron distribuidas tal como ella había solicitado. Las otras cinco fueron enviadas a la Basílica de Luján, por ser la patrona de la Patria. Otra está ubicada en el Patio Malvinas Argentinas de la Casa Rosada. Una quinta está en el Museo Malvinas, en la ex Esma. La que estaba en el municipio de Lezama fue enviada al Museo del Bicentenario. Y la séptima permanece hoy en el Congreso de la Nación.
Hasta el día que una de ellas, cualquiera de ellas, incluso otra, pueda volver a flamear en el territorio argentino de nuestras Islas Malvinas. Texto de Tomás Aguerre.
Texto 3:
Eran las seis de la tarde del martes 27 de septiembre de 1966 cuando el olfato periodístico del director de Crónica, Héctor Ricardo García, se inundó con el aroma fuerte de la noticia. A esa hora sonó el teléfono de su oficina en la redacción de la calle Riobamba al 200, a pocas cuadras del Congreso cerrado por la dictadura de Juan Carlos Onganía, y escuchó una voz que reconoció aún antes de que dijera su nombre.
-Buenas tardes, soy Dardo Cabo, ¿podríamos vernos dentro de una hora en la confitería El Ciervo? - lo invitó la voz.
El Gallego, como todos llamaban a García, no dudó.
Sabía que Dardo Cabo era dirigente de Tacuara e hijo de Armando, un reconocido militante de la Resistencia Peronista. Ahí, seguramente, había una noticia. Valía la pena acudir a la cita.
Poco antes de la hora señalada, el director de Crónica caminó las dos cuadras que separaban la redacción del diario de la emblemática confitería de Callao y Corrientes y reconoció a Cabo sentado con otro hombre en una de las mesas. Cuando se saludaron, se presentó como Alejandro Giovenco.
-Le propongo una nota periodística muy importante - le dijo Cabo a García.
-¿Qué es? - preguntó el director de Crónica, hombre de preguntas directas.
-Si quiere saberlo tiene sacar un pasaje en el avión de Aerolíneas que sale a las 0.30 desde Aeroparque a Río Gallegos.
-¿Para qué? - insistió García.
-Es lo único que puedo decirle - fue la respuesta.
García pensó un momento y trató de "apretar" a su interlocutor para que le diera más datos:
-Yo tengo otros compromisos, si no me dice para qué, no voy. Lo que puedo hacer es mandar a un periodista del diario.
-Es una lástima, es usted o nadie - lo cortó su interlocutor.
El director de Crónica permaneció unos segundos en silencio, jugando con el pocillo de café, y respondió.
-Está bien, entonces voy yo.
Poco antes de la medianoche llegó al Aeroparque Metropolitano, armado con una cámara y una libreta de apuntes, y sacó un pasaje con destino a Río Gallegos en el vuelo sin escalas AR-648.
Vio a Giovenco y a Cabo entre los 42 pasajeros que esperaban abordar el avión, pero éstos se hicieron los desentendidos. Años más tarde, el director de Crónica contaría que en ese momento se puso nervioso, pero que su hambre de una noticia sensacional pudo más y se subió al vuelo.
Cuando el Douglas DC4 LV-AGG Teniente Benjamín Matienzo de Aerolíneas Argentinas despegó casi puntual a las 0.34 con destino a la capital santacruceña, García se removió expectante en su asiento, sin siquiera imaginar lo que iba a pasar.
Diez meses antes, en diciembre de 1965, el gobierno del radical Arturo Illia había dado un paso trascendente en el reclamo por la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas. El Comité de Descolonización de las Naciones Unidas había reconocido los derechos argentinos sobre el Archipiélago Sur -Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur- por 94 votos a favor, 14 abstenciones y ningún voto negativo.
A criterio del organismo se trataba de "una situación colonial" e instaba al Reino Unido y a la Argentina a dialogar para resolverlo.
Habían pasado muchas cosas en el país desde entonces. Un golpe había derrocado a Illia e instalado en el Casa Rosada al general ecuestre Juan Carlos Onganía, iniciando la autodenominada Revolución Argentina, que el militar apodado "La Morsa" pretendía prolongar durante veinte años.
En ese contexto, Dardo Cabo vio la posibilidad de una jugada resonante que tendría dos objetivos: el reclamo por la soberanía argentina sobre las Malvinas y dar un golpe propagandístico contra la dictadura de Onganía.
Así surgió la idea de tomar un avión durante el vuelo, desviarlo a las islas y hacer una ocupación simbólica que llamara la atención al mundo entero.
Con esa idea reunió a un grupo de 18 jóvenes de entre 17 y 31 años, todos ellos militantes peronistas, aunque de diversas agrupaciones.
A Cabo, de 25 años, y Giovenco, de 21, que comandarían la operación, se sumaron María Cristina Verrier, dramaturga y periodista (27), hija de César Verrier (juez de la Suprema Corte de Justicia y funcionario del gobierno del expresidente Arturo Frondizi); Fernando Aguirre, empleado de (20); Ricardo Ahe, empleado de (20); Pedro Bernardini, obrero metalúrgico (28); Juan Bovo, obrero metalúrgico (21); Luis Caprara, estudiante de ingeniería (20); Andrés Castillo, empleado de la Caja de Ahorros (23); Víctor Chazarreta, obrero metalúrgico (32); Norberto Karasiewicz, obrero metalúrgico (20); Fernando Lisardo, empleado (20); Edelmiro Jesús Ramón Navarro, empleado (27); Aldo Ramírez, estudiante (18); Juan Carlos Rodríguez, empleado (31); Edgardo Salcedo, estudiante (24); Ramón Sánchez, obrero (20); y Pedro Tursi, empleado (29).
El grupo era realmente variopinto y sus integrantes tendrían futuros muy diferentes, con posiciones políticas que los enfrentaron a muerte.
Alejandro Giovenco, terminó siendo el jefe militar de la Concentración Nacional Universitaria (CNU), cuyo blanco principal eran los militantes de la izquierda peronista, mientras que Cabo se convertiría en uno de los líderes de Montoneros.
Giovenco moriría en 1974 cuando una granada le explotó en las manos, y Cabo sería asesinado en enero de 1977 por la última dictadura, tras ser sacado de la cárcel "para un traslado".
Pero antes de que sus caminos se bifurcaran hacia extremos opuestos, esa madrugada del 28 de septiembre de 1966 estaban los dos juntos, con un mismo objetivo, a bordo del mismo avión.
El vuelo llevaba 42 pasajeros, entre ellos el gobernador del Territorio Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, contraalmirante José María Guzmán. La tripulación técnica, estaba compuesta por el comandante Ernesto Fernández, el primer oficial Silvio Sosa Laprida, el técnico de vuelo Aldo Baratti y el radiooperador Joaquín Soler.
A las 7.27, el comandante del vuelo se comunicó con la torre de control sólo para dar un mensaje:
-Siendo las 06.05, comandos a bordo toman aeronave solicitando poner rumbo 105 Malvinas para aterrizaje - dijo y cortó la comunicación.
A esa hora, cuando el avión se encontraba entre Comodoro Rivadavia y Puerto San Julián, los integrantes del grupo comando, liderados por Cabo, se habían levantado de sus asientos y mostraron sus armas.
El propio Cabo y Giovenco se dirigieron entonces a la cabina, apuntaron con sus armas a los tripulantes y le exigieron al piloto que pusiera rumbo a las Malvinas.
-Mi nombre es Dardo Cabo y con el Comando Cóndor a mis órdenes tomamos desde este momento el control del avión para dirigirnos a las Islas Malvinas y ejercer el gobierno de las mismas, por derecho histórico argentino y porque el honor de la patria así lo exige. Somos dieciocho patriotas dispuestos a morir en el intento... Pongan rumbo ciento cinco desde Puerto Deseado, que nos llevará a Malvinas, donde aterrizaremos y tomaremos el gobierno como sea; estamos armados, ¡y decididos a morir si es necesario! - fueron las palabras del líder del grupo.
El comandante, pensando que era una broma -nunca se había secuestrado un avión en la Argentina, esas cosas pasaban en lugares remotos-, les dijo que no conocía el rumbo a Malvinas.
Giovenco sacó un mapa y le dijo:
-Acá tiene las cartas de navegación.
El DC4 tuvo el combustible suficiente como para llegar, hacer tres pasadas por la pista hasta aterrizar ese frío y ventoso miércoles 28 de septiembre a las 8.42 en lo que los ingleses llamaban Puerto Stanley, y al que los "cóndores" bautizaron "Antonio Rivero" en memoria del gaucho que en 1833 resistió como pudo la ocupación británica.
Apenas el avión se detuvo en la pista, Cabo, Giovenco, Cristina Verrier y los otros 15 jóvenes integrantes del comando se atrincheraron debajo de la aeronave.
Para los kelpers, acostumbrados a las ovejas y el sonido del viento, eso resultaba incomprensible. Muchos se agolparon alrededor del DC4 y los argentinos les dieron panfletos en inglés donde explicaban que era un acto pacífico de justicia y no un ataque.
Sin embargo, algunos -entre ellos el joven jefe policial local que no portaba armas- fueron tomados como rehenes.
Usando la radio, el comando envió un mensaje que fue captado por el radioaficionado Anthony Hardy, que lo hizo circular:
"Operación Cóndor cumplida. Pasajeros, tripulantes y equipo sin novedad. Posición Puerto Rivero (islas Malvinas), autoridades inglesas nos consideran detenidos. Jefe de Policía e Infantería tomados como rehenes por nosotros hasta tanto gobernador inglés anule detención y reconozca que estamos en territorio argentino".
Héctor Ricardo García tomaba notas en su libreta y registraba todo con su cámara fotográfica. Estaba nervioso y a la vez exultante: con esa primicia dispararía las tiradas de Crónica y de la revista Así a niveles siderales.
Cabo y Verrier fueron a la casa del gobernador de la ocupación británica en las Islas Malvinas, Sir Cosmo Haskard.
El hombre, atónito, no podía creer lo que escuchó:
-Señor, como argentinos, hemos venido a esta tierra para quedarnos, ya que la consideramos nuestra - le dijo con voz firme el hombre joven que, acompañado por una silenciosa mujer rubia, había llegado hasta su casa acompañados por un policía local al que habían tomado de rehén.
-¡Fuera de aquí! Ustedes no están en su casa - respondió, cortante, apenas salió de su estupefacción.
Eran poco más de las 9 de la mañana del 28 de septiembre de 1966 y Haskard no sabía todavía que el joven que le hablaba se llamaba Dardo Cabo y que su acompañante -una rubia muy atractiva- era Cristina Verrier.
Solo sabía que un avión inesperado había aterrizado en el aeropuerto y que no se trataba de una emergencia, porque una veintena de personas -algunas de ellas armadas- había bajado del avión y se había atrincherado debajo del fuselaje y que dos de ellos habían pedido al policía local destinado en el aeropuerto que los llevara hasta él.
Ignoraba también -aunque quizás lo presintiera- que acababa de convertirse en involuntario partícipe de un hecho que pasaría a la historia como "El Operativo Cóndor", una audaz operación ideada por un grupo de jóvenes peronistas para reclamar, desde el mismo suelo de las islas, la soberanía argentina sobre las Malvinas.
Cuando Cabo y Verrier volvieron con sus compañeros, deliberaron qué hacer. Pidieron tomar contacto con el cura católico de las islas, Rodolfo Roel, quien les dio misa a los participantes del operativo y, además, alojó a los pasajeros del avión.
A las seis de la tarde, los integrantes del Operativo Cóndor se encerraron en el avión. La madrugada del jueves 29, un emisario del gobernador inglés les llevó un mensaje:
-Están cercados, si intentan salir del avión los soldados y policías tienen orden de tirar. No respondemos por sus vidas. Es mejor que se rindan - decía.
Al principio se negaron, pero a la tarde siguiente decidieron entregarse.
Días después, Héctor Ricardo García relataría en Crónica la rendición:
"A las 17 (hora local), todos los componentes, con el sacerdote y el comandante formaron junto a la bandera argentina que estaba flameando desde el día anterior y procedieron a arriarla. Luego, con ella en brazos, entonaron el himno nacional argentino, de viva voz, mientras atónitos custodios ingleses, sin moverse de sus puestos, pero siempre con armas listas, seguían con atención la emocionante ceremonia. Media hora más tarde, el comandante Fernández García recibía sobre su avión todas las armas y entregaba a los argentinos las mantas y almohadas de la aeronave. A las 18, en varios jeeps, y luego que las fuerzas locales palparon de armas a uno por uno, marcharon a la iglesia, y allí fueron alojados hasta el sábado a las 14 horas".
Mientras todo eso ocurría, se desarrollaban febriles negociaciones entre el gobierno argentino y el británico. De pronto, los integrantes del grupo comando se enfrentaron a una posibilidad que no habían previsto: ser trasladados a Inglaterra para ser juzgados.
Finalmente, el sábado a la mañana, el sacerdote católico les dio una noticia que los alivió: los subirían a un barco y los llevarían a un puerto en el continente. Los jóvenes le pidieron que rezara con ellos el Padrenuestro.
Finalmente, una lancha carbonera llevó a los detenidos hasta el buque de la Armada Argentina Bahía Buen Suceso. El traspaso se hizo en alta mar.
Los llevaron detenidos al Penal de Ushuaia, la prisión más austral de la Argentina. Los 18 integrantes del grupo fueron juzgados, la mayoría con penas leves de nueve meses.
Dardo Cabo, Alejandro Giovenco y Juan Carlos Rodríguez tenían antecedentes penales, por lo que debieron pasar los siguientes tres años en prisión. Cabo y Verrier se casaron en la cárcel.
Héctor Ricardo García estuvo a punto de correr la misma suerte. Al principio, los ingleses lo identificaron como un pasajero más, pero cuando supieron de quién se trataba, lo separaron de los otros pasajeros y lo mantuvieron detenido con los integrantes del comando.
No podían creer que hubiera abordado el avión inocentemente, como él sostenía en su defensa.
También le confiscaron la cámara y los rollos, pero se las ingenió para que lo dejaran comunicarse por radio con Crónica para pedir que enviaran a un periodista a Río Gallegos con la misión de comprarle fotos a los pasajeros del avión apenas desembarcaran allí.
La dictadura de Onganía decidió liberar a García. No quería pagar el precio de la detención del director de uno de los diarios de mayor circulación de la Argentina.
De regreso en Buenos Aires, El Gallego escribió una larga crónica publicada en tres partes, en las páginas centrales del diario. Había conseguido la primicia de su vida.
La tituló así: "Yo vi flamear la bandera argentina en las Malvinas". Texto de Daniel Cecchini.
Nota do blog: Data 2024 / Crédito para Jaf.



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